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ENROLAMIENTO DE CERVANTES EN EL EJÉRCITO
Eduardo Zamacois y Zabala (1841-1871)
T. 36x52 cm
Firmado: E. Zamacois 1863 (áng. inf. izqdo)
En esta pintura se trata de reconstruir, de manera imaginaria, un interior del siglo XVI donde el escritor Miguel de Cervantes (1547-1616), de perfil a la izquierda, casi en el centro de la composición, firma un documento situado encima de una mesa, que alude a su incorporación al ejército. Otros soldados, en diversas actitudes, vestidos a la usanza típica de la época, se disponen en distintos lugares de la estancia.
Cervantes se embarcó para Italia, acompañando al cardenal Acquaviva, a los veintidós años, más a menos la edad que representa en este cuadro, ya que la escena está ambientada hacia 1569-1570, poco antes de que tuviera lugar la batalla de Lepanto, donde, según la tradición histórica, tuvo una honrosa participación. Curiosamente, Zamacois también tenía veintidós años en 1863, cuando firmó este cuadro “embarcándose” en su particular empresa de conquistar al público de Paría. Para caracterizar a Cervantes, tuvo presente el retrato de Eduardo Balaca y Canseco (Museo del Prado, depositado en el Instituto de España de Madrid).
La obra se expuso en el palacio de los Campos Elíseos de París, donde se celebró el Salon de 1863, cita a la que acudía Zamacois por primera vez. A pesar de ser un pintor joven, ya suscitó entonces la atención de la prensa, donde se reprodujo la pintura.
La pieza tiene particular interés desde muchos puntos de vista, Ante todo, es la obra juvenil de un artista muy significativo, pero insuficientemente conocido, entre los españoles que trabajaron en Paría en el tercer cuarto del siglo XIX, cuya trayectoria fur decisiva para la difusión de cuadritos de costumbres históricas, corriente que alcanzaría gran predicamento en España, por imitación del extranjero, en el último tercio del siglo. Pero además, por tratarse de una obra perfectamente documentada, cuyo paradero se desconocía hasta ahora, permite precisar la temprana consolidación de un estilo basado en la definición precisa de los perfiles de aquello que se representa, con colores variados y brillantes, superficies lamidas, casi cristalinas, que no traducen el primer impulso del pintor, sino el concienzudo esfuerzo de quien aspira a dominar una técnica. Iconográficamente es un asunto excepcional dentro del ciclo cervantino y, por añadidura, dentro de las recreaciones militares del siglo XVI que, una vez más, se sitúa entre lo histórico y los anecdótico, como una forma pintoresca de introducir el pasado en los salones burgueses.
El cuadro pertenecía al duque de Frías cuando se expuso en el Salon de París, ciudad en el que fue realizado.
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