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CERVANTES EN ARGEL

Antonio Muñoz Degrain (1843-1924) L. 200 x 300 cm Firmado: Muñoz Degrain / 28.XI.1918 (abajo dcha) Madrid Biblioteca Nacional

La acción que representa este cuadro se desarrolla bajo la gran arquería de un puente monumental, cuyo arranque se ve al fondo, a la izquierda. En primer término, a la derecha, aparece el sultán, presumiblemente Hasán Bajá, gobernador turco de Argel, con un cetro, sentado con las piernas cruzadas y rodeado de diversos estandartes, al que acompañan varios de sus servidores, uno de los cuales, en primer plano, escribe algo así como: “MIKAIL (ilegible) CRISTIANO (ilegible) Y DIJO QUE EL” (suponiendo ciertas incorrecciones ortográficas). A la izquierda, pero en segundo término, aparece, en una zona algo más oscura, la figura de Cervantes, en pie, en actitud arrogante, cubierto por una especie de manto, en cuya parte baja puede leerse, con claridad, una fecha, “1879”, y en la parte superior una inscripción difícil de precisar. Está siendo liberado de los grilletes por un esclavo, a sus pies, y otro a su derecha; detrás de él, a la derecha, hay un monje en oración. Este grupo reposa sobre una plancha en cuyo lateral, justo debajo de Cervantes, puede leerse con claridad la palabra “ALA” y, a lo largo de la misma, la jaculatoria “ALABADO SEA DIOS” con caracteres inspirados en la escritura cúfica. Debajo se ve un perro y varios remeros de la galera en la que se desarrolla esta acción principal. El fondo se cierra por los azules del mar y el blanco del caserío islámico, con inscripciones decorativas, detalles anecdóticos, como la figura de un ahorcado al fondo o la de una mujer como una dolorosa, a la izquierda, masas de gentes y barcos surcando el mar.

Cervantes estuvo cautivo cinco años y medio en Argel, tras ser abordada la galera Sol por una flotilla turca, cuando regresaba a España después de la batalla de Lepanto. Fue entonces entregado como esclavo a Dalí Mamí y, como dirá don Quijote a Sancho, aprendió el valor de la libertad: “Por la libertad se puede y debe aventurar la vida” (Capítulo LVIII, Segunda Parte). Después de distintas vicisitudes y tras pasar cinco meses oculto en una cueva próxima a Argel junto con otros cautivos, trató de escapar, pero fue descubierto el 30 de setiembre de 1577, gracias a un cómplice, natural de Melilla, conocido por el sobrenombre de “el Dorador”. Cervantes se reconoce como único culpable ante el gobernador turco de Argel, Hasán Bajá, que le perdona la vida, aunque vuelve al presidio, hasta que, después de varios intentos fallidos de escapar, fue pagada su libertad en 1580. Para los biógrafos de Cervantes ha resultado siempre chocante que sus reiteradas intentonas por salir de Argel se viesen correspondidas con un castigo benevolente de su enemigo, teniendo en cuenta la crueldad de Hasán Bajá, por otra parte, conocido sodomita. Ello ha servido para especular con la hipótesis de una relación del gobernador con el escritor, por el que, desde luego, mostró un indudable interés. Gracias a la Topographia e historia general de Argel, de Fray Diego de Haedo, a los diferentes informes realizados tras su rescate y a las alusiones que existen en las obras del escritor, el paso de Cervantes por Argel constituye uno de los episodios más conocidos de su azarosa biografía. Para la evocación pictórica fue probablemente importante la historia del cautivo que Cervantes cuenta en la Primera Parte del Quijote. En el capítulo XL puede leerse: “yo cupe a un renegado veneciano que, siendo grumete de una nave, le cautivó el Uchalí, y le quiso tanto que fue uno de los más regalados garzones suyos, y él vino a ser el más cruel renegado que jamás se ha visto. Llamábase Azán Agá, y llegó a ser muy rico, y a ser rey de Argel; con el cual yo vine de Constantinopla, algo contento, por estar tan cerca de España [...] porque jamás me desamparó la esperanza de tener libertad. [...] / Pusiéronme una cadena, más por señal de rescate que por guardarme con ella; [...] / Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar la libertad, jamás le dió palo, ni se lo mando dar, ni le dijo mala palabra”.

La extraordinaria similitud entre el rostro de Cervantes y el de Muñoz Degrain ha llevado a pensar en una identificación entre la figura del escritor y la del pintor. Esta hipótesis se vería fortalecida si, como cabe suponer, la fecha de 1879 que puede leerse en la parte baja del manto del escritor se refiere a un episodio de la biografía de Muñoz Degrain que pudiera ponerse en paralelo con el aquí pintado. En ese año de 1879 realizó, acompañado por el también pintor Bernardo Ferrándiz, un viaje al norte de Marruecos, en concreto a la zona conocida como el Barranco del Lobo, donde ambos artistas tuvieron que ser protegidos por tres compañías de soldados españoles ante un imprevisto ataque moro, anécdota que precisamente fue recordada en La Correspondencia de Valencia el 9 de enero de 1914 (Recogido por García Alcaraz, 1995, p. 56).

Muñoz Degrain realiza aquí un extraordinario despliegue de su más osada gama cromática: rojos y blancos son aplicados con vehemencia, sobre todo, para describir los ropajes de los personajes, que brillan con intensidad, en tanto que en los reflejos acuosos reverberan amarillos y violetas. Aunque se trata de una crónica histórica, la pintura se ajusta perfectamente a las características formales e iconográficas del orientalismo que interesó a Muñoz Degrain durante sus últimos años, dentro del cual produjo obras sobrecogedoras y fantásticas, que respondían a una particular concepción simbolista de la pintura, donde la fascinación a determinados temas y lugares se combinan con una ejecución donde los colores sugieren sensaciones mágicas. El cuadro despliega una extraordinaria riqueza decorativa, con un vibrante y jugoso colorido, dentro de la exuberante fantasía que le caracteriza, de asombroso efecto.

Este cuadro forma parte de la serie que el pintor inició en 1916 sobre temas cervantinos, que pasarían por donación a la Biblioteca Nacional. Dicha serie está compuesta por veinte cuadros pintados entre 1916 y 1919 que representan episodios de la vida de Cervantes, alegorías y retratos del Quijote y escenas del Quijote. Para su realización contó con la ayuda de Flora Castrillo.