EN INGLATERRA 

En ningún país fuera de España se ha admirado tanto a Cervantes ni se ha apreciado tanto a Don Quijote como en Inglaterra.  La primera traducción del «Quijote» a una lengua extranjera fué la versión inglesa de Thomas Shelton (Pte. 1, 1612, Pte. II, 1620). El libro arraigó aquí inmediatamente. Varios de los dramaturgos ingleses más importantes ‑Ben Jonson, Beaumont, Fletcher y otros‑‑‑ aluden al héroe o a alguna, de sus aventuras, como a la de los Molinos de Viento, esperando, evidentemente, que el auditorio comprenda las alusiones. Beaumont y Fletcher imitan a «Don Quijote» en su comedia londinense titulada «El Caballero de la ardiente mano de mortero» (1613).  Es posible que Fletcher dramatizara un episodio de la novela en colaboración con nuestro mayor dramaturgo.  En 1613 se representó en Londres una obra que, por lo visto, era idéntica a otra mencionada más tarde, como «La historia de Cardenio», por Mrs. Fletcher y Shakespeare. La obra ha desaparecido. Quedamos en libertad, pues, de imaginar a Shakespeare ayudando a dramatizar la historia de aquel Cardenio, a quien Don Quijote encontró en Sierra Morena. Nuestros dramaturgos del siglo XVII tomaron otros temas del «Quijote», y todavía más  de las Novelas Ejemplares, aun antes de que se tradujesen al inglés.

Después de nuestra Guerra Civil y del Protectorado de Cromwell, apareció la primera imitación inglesa del «Quijote»: el poema, satírico «Huidibras» (1663‑78), de Samuel Butler. En 1686 se publicó en Inglaterra, antes que en ningún otro país, la primera edición popular abreviada del «Quijote»; se trata de un juguete cómico en siete capítulos cortos. En la siguiente década, Thomas d'Urfey dramatizó la novela con el título de «Historia cómica de Don Quijote», obra que sólo merece mención porque, Henry Purcell, el mayor de nuestros músicos antiguos, compuso para ella unas canciones. Don Quijote, durante el siglo XVII, era considerado corno «el príncipe de lo divertido». En el siglo siguiente, Inglaterra hizo más que ningún otro país para poner de manifiesto la profunda filosofía del libro.

En 1700 salió a la luz otra traducción del «Quijote», hecha por el refugiado francés Motteux. Para competir con ella apareció, en el mismo año una edición revisada  de la traducción de Shelton.  A  mediados del siglo XVIII se publicaron nuevas traducciones: una de Jarvis (1742) y otra de Smollett (1755). Estas cuatro versiones y sus numerosas reimpresiones han hecho del mejor libro español del año 1605 uno de los libros ingleses  más populares de todos los tiempos. Hoy ocupa un lugar entre los clásicos ingleses,  y su héroe ha dado a nuestro, idioma el adjetivo «quixotic». Además de nuevas traducciones, la Inglaterra del siglo XVIII  produjo dos obras muy descollantes de erudición cervantina: una edición ilustrada del «Quijote», en españo1,  hecha por  encargo de lord Carteret e impresa en Londres en 1738, que contiene la primera biografía completa de Cervantes, escrita especialmente por Mayans y Siscar,  y otra edición, en español, impresa en Londres y en Salisbury en 1781, «con anotaciones,  indices y  varias lecciones  por el  reverendo don Juan Bowle». Fue obra de un clérigo inglés y tiene un erudito comentario. También en dicho siglo el gran  William Hogarth  ilustró escenas del «Qui­jote»; éste es el más sobresaliente de la larga serie de artistas ingleses que se han inspirado en la novela de Cervantes.

La novela inglesa, que se desarrolló en el siglo XVIII, debe mucho a la primera y  mejor de las novelas modernas; Fielding es

Francas imitaciones son: «The Female Quixote» («Doña Quijota»), de Charlotte Lennox, y «El Quijote espiritual», de Richard Graves.

La deuda del mundo para con Cervantes, como la que tiene con la Biblia, es incalculable. Inglaterra no ha dejado nunca de pagar su parte de esa deuda, sirviendo a veces de guía a otros países, sin excluir a la misma España. Su mayor tributo es la colección cervantina de la Biblioteca Nacional (Museo Británico), notable, tanto por la cantidad como por la calidad del material, ya que incluye las primeras ediciones de todas las obras de Cervantes en español, y todas, menos una, de las ediciones publicadas durante su vida. Hay en ella 200 ediciones del «Quijote» en su lengua original y su traducción a veintisiete idiomas. Las más numerosas naturalmente, son las inglesas. Hay tantas ediciones en inglés como en español, y habrá una mitad  más cuando se añada mi propia colección.  Hay  más de cien ediciones en francés, unas cuarenta en alemán, doce en italiano y así sucesivarnente..

Después del «Quijote», la obra  más popular de Cervantes son las Novelas Ejemplares.  El Museo posee casi cien ediciones en español y veinticinco en ­inglés. Estas últimas se aumentarán hasta más de 540 cuando se añada mi propia colección. De «Persiles y Segismunda» hay 39 ediciones en  español. Las cifras citadas servirán para dar una idea de la riqueza de la colección. Pero, además de las obras originales y sus traducciones,  posee el Museo un enorme fondo de lo que podría agruparse bajo el titulo de «Miscelánea Cervantina». Todo lo cual constituye, evidentemente, la mejor colección cervantina que hay fuera de España.

He aquí el perenne monumento que tiene en Inglaterra el mayor genio de España.

 

 

 

 

 A fines de siglo aparecieron tres nuevas traducciones del «Quijote»: la de Duffield (1881), la de B. Ormsby (1885) y la de Watt (1888). Poco más tarde, Ormsby colaboraba con Fitzmaurice‑Kelly, en la primera edición critica del texto español (Londres, 1898-99) . El siglo XX ha visto la autorizada «Vida de Cervantes» publicada en 1913 ;  la traducción deShelton, publicada en la edición
más suntuosa que hasta ahora se ha hecho del «Quijote», impresa en pergamino por el difunto  St. John Homby, en su imprenta  particular Ashendene (1927-28, y «Don Quijote» en la pantalla, donde el papel de San­cho Panza lo desempeño el gran cómico George Robey.

 

 En el siglo XIX, Thackeray, con su novela «The Newcomers», y Dickens, con los «Pickwick Papers (sus héroes son Don Pickwicky Sancho Weller), siguen la misma línea de fina imitación

del «Quijote», al par que un número creciente de escritores eminentes han dado un testimonio más directo de la grandeza de Cervantes, desde Macaulay  y Carlyle hasta Tennyson y Meredith.

 

deudor, no sólo por su comedia «Don Quijote» en Inglaterra (1734), sino también por su novela «Las aventuras de Joseph Andrews»,escrita, según él dice, « a imitación de la manerade Cervantes.» Sterne,  gran admirador de Cervantes,se halla claramente sometido a su influjo
en «Tristam Shandy»,  mientras que Smollett, el traductor de «Don Quijote», se inspiró en él al escribir «Las aventuras de sir Launcelot Greaves ». 

 

 

 

Por Henry Thomas del Museo Britanico de La Revista Escorial ,1949.


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